La cámara más potente del mundo, instalada en el Observatorio Vera Rubin de Chile, no deja de capturar imágenes de objetos y estructuras espaciales de las que no teníamos ni idea hasta ahora. Ahora, un equipo internacional de investigadores lo ha usado para encontrar una estructura oculta en el cinturón de asteroides que rodea el sistema solar, lo que supone un hallazgo sin precedentes para entender la evolución de nuestro vecindario cósmico y el movimiento de sus planetas gigantes.
La estructura recién descubierta, bautizada como “núcleo interno”, se encuentra en el Cinturón de Kuiper, a unas 43 unidades astronómicas (la distancia media entre la Tierra y el Sol) de nuestra estrella. Este cinturón de asteroides es una vasta región en forma de disco que se extiende más allá de la órbita de Neptuno y está poblado por miles de millones de cuerpos helados que son restos de la formación del sistema solar hace 4.600 millones de años.
El reciente hallazgo del núcleo interno en el cinturón de asteroides no solo desafía nuestra comprensión de la historia solar, sino que marca el inicio de una nueva era en la exploración astronómica. El análisis del equipo sugiere que esta inédita agrupación se formó al ser capturada por la gravedad de Neptuno en su migración, antes de ser liberada y quedar intacta durante eones, un período de tiempo inmensamente largo que puede ser del orden de miles de millones de años. “Ese tipo de calma orbital es señal de una estructura antigua y poco perturbada, la clase de formación capaz de aportar pistas sobre la evolución del sistema solar, cómo se han movido los planetas gigantes en sus órbitas, o qué tipo de entornos interestelares ha atravesado nuestro sistema, infinidad de detalles sobre sus primeros días”, explica Amir Siraj, investigador de Princeton y uno de los responsables del hallazgo.
El núcleo interno del cinturón de Kuiper
Es posible que, mientras Neptuno se desplazaba hacia fuera, los objetos del núcleo y el núcleo interno quedaran atrapados provisionalmente, formando estos amontonamientos que observamos hoy, antes de que el planeta continuara su trayectoria, asegura David Nesvorný, investigador del Southwest Research Institute y codescubridor del núcleo original.
El equipo liderado por Siraj estudió meticulosamente los datos orbitales de 1,650 objetos del cinturón de asteroides, alimentando la información a un algoritmo entrenado específicamente para buscar agrupamientos y patrones. En vez de limitarse a identificar el núcleo original, descubierto a simple vista en 2011, el software reveló una nueva coincidencia. “El núcleo jamás aparecía solo; cada vez que el algoritmo lo detectaba, encontraba también otro grupo”, explican los autores. Así se ha desvelado por primera vez en la historia un núcleo interno, cuyos objetos se distinguen por seguir órbitas casi perfectamente circulares, alineadas con el disco solar.
Los investigadores sostienen que esta calma orbital indica una antigüedad extraordinaria. El núcleo interno podría conservar intactos datos sobre cómo los planetas gigantes han empujado, capturado y soltado cuerpos menores durante la infancia del sistema solar. Además, su estudio resulta crucial para descifrar la historia migratoria de Neptuno, que debió estar situado interior del sistema solar antes de vagar hacia su actual puesto en la periferia.
El potencial del Vera Rubin
El papel del Observatorio Vera C. Rubin en estos descubrimientos apenas está comenzando, pero esta bestia tecnológica es capaz de aportar una nueva visión del cosmos desde tu atalaya en el desierto de Atacama, Chile. El observatorio cuenta con una cámara de 3,200 millones de píxeles y su misión durante los próximos años será fotografiar el cielo austral cada tres noches, rastreando desde piedras diminutas en órbita terrestre hasta estructuras fantasmas en la frontera solar.
La importancia del Vera Rubin radica en su brutal sensibilidad, detectando objetos e hilos luminosos que escapaban a todo instrumental anterior. Un ejemplo de su potencial lo encontramos en sus primeras imágenes de prueba. Mientras los astrónomos analizaban capturas del cúmulo de Virgo, descubrieron una estela de estrellas junto a la galaxia M61 que ningún telescopio previo había logrado captar. Esa corriente mide 50 kiloparsecs, comparable al diámetro de la Vía Láctea, y está formada por los restos de una galaxia enana devorada por Messier 61.
El telescopio es capaz de cartografiar el cielo en apenas días, capturando más de 40 mil millones de objetos cada vez y completando mapas profundos en segundos. Cada imagen cubre hasta 13 mil millones de años luz, permitiendo identificar huellas de colisiones y rastrear fenómenos nunca vistos, desde corrientes estelares a estructuras ocultas en cinturones de asteroides.
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