El imperio otomano alcanzó su máximo esplendor entre los siglos XVI y XVII, y supuso un poderoso contrapoder para las monarquías de la Europa Occidental, llegando a convertir el mar Mediterráneo en un auténtico lago turco. Su decadencia comenzó en la segunda mitad del siglo XVI, tras los fracasos en las luchas contra el Sacro Imperio Romano y diversas intrigas palaciegas. Pero a veces se olvida un episodio que marcó un punto de inflexión en la historia, que provocó que el que podría haber sido un país que apostaba por la ciencia y el progreso sucumbiera a la superstición de los sultanes. Todo empezó con el paso del llamado gran cometa, en el año 1577.
Aquel gran evento astronómico solo lo pudieron observar con precisión unas pocas personas en todo el mundo. Tycho Brahe, desde el observatorio astronómico más importante de Europa, en la ciudad de Uraniborg (cuyas mediciones permitirían años más tarde a Johannes Kepler elaborar las leyes que rigen los movimientos del Sistema Solar) y Taqi al-Din, en su observatorio astronómico de Constantinopla, la actual Estambul, comparable con el anterior.
