Alejandro Cristo García - Universidad de Extremadura
El estudio del Universo con técnicas tan tradicionales como mirar por un telescopio o captar fotografías de un objeto astronómico en un observatorio están, ahora más que nunca, siendo complementadas por nuevas técnicas que implican un análisis de los datos en un mundo que el ojo no es capaz de percibir, pero que existe. Este “invisible” mundo abre las puertas a nuevas teorías sobre el comportamiento de los objetos celestes y el origen del Universo.
El responsable directo de estos cambios de metodologías es la luz. La luz que todos conocemos, que ilumina nuestras calles, que hace que nos despertemos por la mañana, que permite que en nuestro planeta exista el día y la noche. ¿Pero qué tiene de especial la luz? Básicamente podríamos reconocerla como algo que está ahí, pero que nadie conoce en profundidad.
Científicamente hablando, la luz es energía emitida por una determinada fuente de emisión, ya sea una bombilla, un foco, o el Sol. Esta energía es capaz de transmitirse por el espacio en forma de ondas, cuya longitud puede abarcar de centésimas de milímetro a varios kilómetros. Es decir, un único rayo de luz está compuesto por energía capaz de transmitirse en múltiples longitudes de onda (o frecuencias) con una determinada intensidad, que dependerá de la naturaleza de la fuente emisora. Esta forma de emitir y transportar energía se conoce como radiación.
